noviembre 24, 2009

Anatomia de la sonrisa




Por estos días "de parranda y animación", en que solemos ventilar las esperanzas, sonreímos. Al mal tiempo le ponemos buena cara y les deseamos a los demás felices fiestas. Las familias se reúnen, se vuelven a ver, se reencuentran y, en la liturgia de la salutación, nadie escatima gesto; repartimos, por igual, sonrisa del corazón y sonrisa social.
Quienes ayer nos mostraron sus colmillos, hoy nos enseñan, alegres, sus caninos, y cuando faltan cinco 'pa' las doce' se abrazan todos con todos.
Hasta las doce.
La sonrisa social nos distingue del resto de los mamíferos, quienes, al no poseer el control cerebral de sus expresiones faciales, solo le muestran sus dientes alegres cuando en realidad están contentos con usted. Nosotros, en cambio, somos capaces de morder y engullir prójimo, al tiempo que le aplicamos una cualquiera de nuestro amplio repertorio de risitas sociales (el neurólogo Paul Ekman, que estudió bien el tema, anota que el arsenal alcanza las 7.000 variedades).
Supongo que debe ser por eso por lo que se dice que los animales no mienten. No creo que se necesite sustentar que nosotros sí. Ahora bien, si usted quiere aprender a distinguir las sonrisas que le dispensarán por estos días, hágame el favor de tomar nota de lo que dice Rita Carter en su libro El nuevo mapa del cerebro, que acompaña mis vacaciones.

Dice Rita que la sonrisa espontánea dura más y se disuelve lenta y regularmente (¡ojo!), mientras que la otra es instantánea y se desdibuja de un tirón. La razón es que los dos tipos de sonrisa se forman a través de dos juegos distintos de músculos faciales que, además, son controlados por dos circuitos cerebrales distintos. La sonrisa de verdad (también llamada sonrisa de Duchenne) proviene del cerebro inconsciente, y la social, de la corteza consciente, por lo cual se puede provocar a voluntad.
Pero si quiere que le dé la prueba reina de la sonrisa mentirosa, anote: no hay contracción de los pequeños músculos que rodean los ojos; se produce alrededor de la boca y nada más. Y si desea ensayar, vaya a la tienda de hamburguesas de su barrio o al centro comercial; encontrará el más amplio catálogo viviente de sonrisas sociales. Apoteosis de músculos cigomáticos mayores, diría mi amiga Rita.
A propósito, ¿habrá sonreído usted mientras leía esta columna? Si ello es así, no dudo de que se le habrán dibujado, de manera automática, innumerables estrellitas en las órbitas de sus ojos. Pues esa era mi idea: desearle un 2010 muy surtido de sonrisas verdaderas.

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