
No me acaba de convencer este señor Ban Ki Moon. Aquí lo tengo, en una fotografía de “La Tercera”, vestido de rojo como un Santa Klaus, caminando sobre las aguas del océano glacial ártico, como un salvador de la humanidad. "En el hielo polar siento el poder de la naturaleza y al mismo tiempo una sensación de vulnerabilidad” dijo a los medios de prensa, cuando regresó a la ciudad noruega de Longyearbyen, capital de Svalbard, adonde había viajado en compañía de su esposa, como cualquier presidente.
Del mundo en este caso, que así suele percibirse su alto cargo, como secretario general de la ONU. Luego aterrizó en México donde puso la pieza final de una gran escultura que habían hecho unos jóvenes, a favor del desarme, con motivo de la 62 Conferencia del Departamento de Información Pública de la ONU. Ban Ki Moon es incansable, viaja de un lugar a otro, y posa para la prensa con cierto abuso mediático.
Trajo a mi memoria otro líder, que al tiempo que pregonaba la igualdad en su organización, señalando que no había parqueaderos asignados, él parqueaba su carro en el sitio de las ambulancias. Dictaba conferencias sobre el carácter horizontal de su empresa, pero en las oficinas regionales estaba colgado su retrato, como un príncipe inevitable. Como Ban Ki Moon, que preside de cuerpo entero las oficinas de la ONU en todo el mundo. Como muchos otros, sobre quienes, a pesar que nadie duda que presiden sus ámbitos, consideran pertinente reiterarlo, a punta de fotografías.
La mayoría de los líderes no se da cuenta que el símbolo que escogen para comunicar un mensaje, muchas veces se les devuelve en boomeran, comunicando el mensaje contrario.
Ban presidirá en menos de cien días la Conferencia de las Partes de los países firmantes del Protocolo de Kyoto, en Copenhague, y ha dicho, en el mar del norte, que está “trabajando muy duro” para que los países desarrollados se comprometan con metas de reducción de emisiones de al menos 25%, para 2020. No dio detalles sobre lo que significa trabajar muy duro, y a juzgar por la eficacia demostrada en otras actuaciones, por el organismo que preside, no parece que debamos esperar que trabajar muy duro, redunde, en este caso, en un acuerdo que depende de otras voluntades, que poco tienen que ver con la cantidad de energías invertidas por el señor Ki Moon.
Y aunque es cierto que la tarea que de él se espera, no resulta una bicoca, también lo es que nadie puede reemplazarlo en el estilo de liderazgo, que habrá de llevarnos a todos, a un acuerdo o desacuerdo, en ambos casos trascendental.
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