
El viernes pasado, finalizó en Bangkok, la reunión de la Convención de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Los delegados de 179 países, firmantes del Protocolo de Kioto, se reunieron allí para dar el penúltimo paso en la ruta de va de Bali a Copenhague; y dieron efectivamente este paso, pero con la timidez y acaso la vergüenza, de quien, con ello, se aproxima al fracaso.
Previendo quizás lo anterior, algunos alcanzaron a sugerir una reunión adicional para finales del mes de noviembre, pues parece que la reunión en Barcelona, prevista para ese mes, no sería suficiente para concretar los acuerdos que el mundo está esperando de la reunión de Copenhague, que se celebrará entre el 6 y el 15 de diciembre.
Opino que en el improbable evento de que la Convención del clima, decidiera declararse en reunión permanente de aquí a Copenhague, es decir: en los 50 días que hacen falta, ello no garantizaría el éxito de los acuerdos. Quizás ellos lo saben, pero el sistema de las burocracias internacionales es así, y para muchos de ellos resulta más importante reunirse que avanzar.
El problema no es de tiempo, sino de eficacia, y de ganas de hacer la tarea que corresponde, pero el Sistema de convenciones y conferencias de partes, que ha previsto Naciones Unidas para enfrentar la crisis climática, parece que no resuelve ninguna de estas dos cosas. Por ello resulta muy probable que la humanidad se encuentre a menos de sesenta días de comprobar el más estruendoso fracaso del sistema de acuerdos entre naciones, que esa misma humanidad diseñó, para resolver sus problemas mundiales.
Trataré de que me alcancen los diez mil caracteres con espacios de que dispongo para argumentar dos cosas:
1. Por qué el Protocolo de Kioto es un acuerdo insuficiente.
2. Por qué creo que la Cumbre mundial del clima de Copenhague será un fracaso.
Dejaré para después de Copenhague el análisis de lo que puede ocurrir, no a la Tierra, quien no se encuentra amenazada por el cambio climático, sino a nuestra especie, que ya ha empezado a sufrir las consecuencias del fenómeno.
Y para que me quede más fácil la exposición empiezo por éste último punto: se escucha una cuña radial que incurre en un error recurrente, el de considerar que está en peligro el planeta en que vivimos. La campaña, promovida por una de las agencias de Naciones Unidas, un medio de comunicación y un supermercado, dice “Enamórate de tu Planeta”, y con intención de acertar en el mensaje nos da a entender que si nos enamoramos del Planeta se reducirá el riesgo del calentamiento global. Dejando de lado, a mí entender, que la amenaza que tal riesgo entraña es el mayor problema que ha tenido que afrontar la civilización humana en toda su historia, y que el asunto no es de fácil solución como para volver a los románticos mensajes del tipo “cuida el medio ambiente” o “protege la naturaleza” o “siembra un árbol”.
Lo que aquí está pasando es mucho más grave, pues la civilización del siglo XX, expresada en términos de su tecnosfera, logró impactar de tal manera la biosfera, que hoy estamos al borde del punto de no retorno que representaría, según los entendidos, la pérdida de muchas especies vivas, y la modificación irreversible de las condiciones físicas y químicas del Planeta, que sustentan la vida. La Tierra acabará por adaptarse, y en ello probablemente demorará miles de años, pero la especie humana no tiene esa posibilidad.
Ese es el tamaño del reto de Copenhague.
Para llegar a ese acuerdo se han reunido las partes del Protocolo desde el año 2007; primero en Bali, donde trazaron una “hoja de ruta” para llegar a Copenhague. Luego en Poznan, luego en Bonn, ahora en Bangkok, y en pocas semanas en Barcelona.
Cuál es el ambiente que hoy se vive con respecto al éxito de la cumbre?
Miremos algunos puntos esenciales:
• El porcentaje de reducción de emisiones que asumirán los países desarrollados. El dilema es: o mantienen las tímidas metas negociadas en Kioto (5.2%), o escuchan la petición de las ONGs reunidas en junio en Bonn, y que sugieren reducciones de 35% para 2020 y de 70% para 2050 (Tratado climático de Copenhague).
• El volumen de recursos que los países desarrollados van a poner a disposición de los países en desarrollo para financiar los planes de adaptación y de desarrollo.
• El marco legal del acuerdo que se espera alcanzar y su relación con el Protocolo de Kioto y la Convención de cambio climático.
Sobre el primer punto la palabra la tiene Estados Unidos, pues ellos emiten el 34% del total de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. El presidente Obama ha dado señales a favor de un acuerdo, pero hasta ahora no ha dado ningún paso concreto; el penúltimo que la humanidad esperaba que diera, no lo dio en Bangkok, pues allí ratificó la conocida posición de no asumir compromisos de reducción, si antes los países en vías de desarrollo no asumen lo mismo.
El gobierno de Obama llegó a Tailandia con un as bajo la manga: el de acabar con la división entre países desarrollados y países en vías de desarrollo que establece la Convención de cambio climático y el Protocolo de Kioto; y diseñar un rasero común para todos, con dos novedades metodológicas: un mismo sistema de compromisos, y diferentes obligaciones a cumplir.
La división entre países del “anexo I” y del “no anexo I”, según la cual, en el primer grupo están las economías desarrolladas, que tienen compromisos de reducción de emisiones, y en el segundo, aquellos países en vías de desarrollo, que no tienen este compromiso, nunca fue un buen invento. No parece coherente tratar a China, a México, Brasil y a India, con el mismo criterio que a países de muy precaria economía y de muy bajo ingreso per cápita.
De hecho China emite emisiones de carbono al nivel de Estados Unidos, y si sumamos lo que se ha llamado “chindia”, superan a Estados Unidos y buena parte de la UE. Por eso la negociación del Protocolo se da entre bloques de países en vías de desarrollo y la UE y Estados Unidos.
A los primeros se conoce como el G-77 + China, en lo cual ya se ve la influencia que tiene China en la negociación. Colombia, junto con todos los países de Suramérica y el Caribe, Asia y Africa, forma parte de este grupo heterogéneo que no obstante, debe negociar en conjunto.
La propuesta de Estados Unidos, que no es descabellada por lo que acabo de escribir y por otras razones más, suscitó el entusiasmo de algunos países de Europa, lo cual generó una acción de protesta por parte del G 77+ China, quienes propusieron incluir una declaración orientada a denunciar un supuesto complot contra el Protocolo de Kioto.
Curiosamente tal declaración no recibió el apoyo de 8 países latinoamericanos: Colombia, Costa Rica, Chile, República Dominicana, Guatemala, Panamá, Perú y Uruguay, lo cual impidió el consenso necesario.
Los demás países del anexo I, salvo Noruega, tampoco dieron muestras de querer comprometerse con metas serias de reducción de sus emisiones, cuando acabe el periodo de cumplimiento del Protocolo en 2012.
El G77 + China, a pesar de sus diferencias internas, mantiene una posición única con respecto a la negociación de Copenhague: si no hay un claro y significativo compromiso de reducción, por parte de los países industrializados, aunado a un modelo ágil de transferencia de recursos y tecnología para los planes de adaptación, no habrá acuerdo en Copenhague.
Ranchados los unos y los otros en posiciones que no han dado muestras de ceder, todo parece indicar que las cosas quedarán como están: unas reducciones no acordes con la gravedad del problema, y unos compromisos lánguidos por parte de los mayores emisores de carbono a la atmósfera.
Y mientras todo esto ocurre, en el árido terreno de los negociadores, el Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC), que es el organismo conformado por más de 3.000 científicos de todo el mundo, parece desgañitarse pidiéndole a las economías emergentes que deben reducir sus emisiones entre un 25 y un 40 por ciento, para 2020, con respecto a los niveles de 1990; con lo cual evitarían el colapso que científicos como James Lovelock, han descrito de manera muy clara (la Venganza de la Tierra, Planeta, 2007): una subida de las temperaturas más allá de los dos grados centígrados.
De especial relevancia en la reunión de Tailandia fue el discurso del delegado de Kenia, Odenda Lumumba a Mau, quien puso el dedo sobre el crucial tema de la adaptación y la vulnerabilidad de las poblaciones amenazadas; dijo:"Estamos muy disgustados, pues no es aceptable ni honorable que los países ricos intenten echar sobre las naciones pobres la responsabilidad del cambio climático…es irresponsable la idea de querer negociar un nuevo tratado, después de haber pasado 15 años para llegar a un consenso con el Protocolo de Kioto…cuando miles de personas en el tercer mundo están sufriendo las consecuencias del cambio climático; en Kenia hay diez millones de personas que sufren malnutrición, y muchos pueblos del área subsahariana se enfrentan a la desaparición debido al crecimiento del desierto".
Puestas así las cosas, se deja un poco de lado el tema del cumplimiento hasta Copenhague, del Protocolo de Kioto (al cual todavía le faltan dos años). Se sabe que aunque todos los países del Anexo I hagan perfectamente la tarea, sin maquillar las estadísticas con trampas, ello habrá significado que el mundo redujo en 5,2% sus emisiones de carbono con respecto a sus niveles de 1990.
Lo anterior, sin embargo, representará que la temperatura promedio del Planeta se habrá reducido 0.05º C para el año 2050, o 0,02º C, si los Estados Unidos no entra al mismo, antes de 2010, lo cual es bien probable.
Las organizaciones ambientales proclamaban en la reunión de Bali (COP 13) que sería necesaria una reducción de entre el 40% y el 70%, por debajo de los niveles de 1990, por parte de todas las naciones del mundo para (tan sólo) estabilizar el contenido de dióxido de carbono de la atmósfera.
En la reunión de Poznan se hablaba de cifras similares y el Tratado climático de Copenhague, de las organizaciones de la sociedad civil, propone que los países desarrollados deben reducir sus emisiones hasta, al menos, un 40% por debajo de los niveles de 1990 para el año 2020, y en un 95% para el 2050.
No hay que hacer demasiados números para concluir que ante las cifras de la sociedad civil (40 y 95%), las de Kioto (5.2%) parecen una burla a la humanidad, ni se diga de lo que se puede inferir de los resultados de Bangkok.
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