
Manuel Guzman Hennessey
Cesare Pavese escribió: trabajar cansa.
Votar es un trabajo: uno tiene que levantarse temprano, ir al puesto de votación, saber de antemano el lugar, consultar la mesa, hacer la fila, permitir la requisa, votar, regresar. Facebook es otra cosa, más divertimento que trabajo: clic. Elegir es más difícil, pues uno tiene que pensar y comparar: decidir; y todo ello cansa más que divertirse. Para elegir hay que informarse sobre programas, ver debates, leer diarios, escuchar opiniones, discutir. Grave problema: informarse demanda esfuerzo, concentración, tiempo dedicado a la lectura. Y leer es otro trabajo. Así lo reconoció Ignacio Ramonet hace unos años, cuando escribió una columna en Le Monde Diplomatique, titulada 'Informarse fatiga'. Allí dijo que aspirar a informarse sin esfuerzo es una ilusión que remite al mito publicitario y no a la movilización cívica, pero es el precio que un ciudadano paga para tener el derecho de participar con inteligencia en la vida democrática.
Puso el dedo en la llaga: el verdadero pasaporte de la democracia no es el voto sino el esfuerzo, la educación, la información, el compromiso con el trabajo. Y todo aquello cansa más, inclusive, que votar.
No creo justo atribuirles a los jóvenes toda la responsabilidad de haber entendido mal esta ecuación, pues cuando votar cansa es porque nos faltó, a los mayores, explicarles que ese trabajo de votar soporta la democracia. Construcción colectiva que demanda de la sociedad un esfuerzo más sostenido que el que exige la actividad electoral.
Quizás por todo ello, Bertolt Brecht escribió aquello de que el peor analfabeto es el analfabeto político, el que no sabe que el costo de la vida, el precio del pescado y de la harina dependen de decisiones políticas. El analfabetismo político es el estadio superior del analfabetismo funcional: el que sabe leer pero no entiende y, por lo tanto, no es capaz de explicar lo que ha leído.
Cuando votar cansa, lo que está en crisis es el sistema educativo de un país, que, como el nuestro, se empecina en TLC sin haber resuelto sus analfabetismos estructurales básicos.
Si alguien nos dice cuántos analfabetas funcionales hay, y cuántos analfabetas políticos, tal vez podremos entender mejor el colofón que pone Brecht al final de su sentencia: el analfabeto político no sabe que de su ignorancia política nace el menor abandonado, el asaltante y el peor de los bandidos, que es el político corrupto.
Pido a mis lectores, especialmente a los más jóvenes, que salgan a votar este domingo, aunque se cansen.
1 comentarios:
Muy buena su apreciación, con la crisis laboral casi me siento de tercera edad y me gustaría decirles a los viejos que no dejen de dialogar con sus hijos (menos viejos), y de facilitarles o casi obligarles a expresar ideas políticas así sea a la hora de la cena familiar. A todas estas, me gustaría volver a ver grafitis en las calles de las ciudades con ideas como la suyas, el facebook absorbe la creatividad juvenil.
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